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13/1/17

Piglia te boxea

El laucha Benítez cantaba boleros
de Ricardo Piglia



1

Nunca llegaré a saber del todo si el Vikingo intentaba contarme lo que realmente sucedió esa madrugada en el club Atenas, o se quería sacar de encima la culpa o estaba loco. La historia de cualquier modo era confusa, deshilvanada: pedazos de su vida, el desconsolado saludo de guerra de los escandinavos y un estropeado recorte del El Gráfico, envuelto en trapos, con la finísima y luminosa cara del Vikingo mirando la cámara de frente.

De salida yo había sospechado que algo no andaba en la historia que contaban los diarios, pero si tuve alguna esperanza de que él mismo descifrara los hechos, se me borró no bien lo vi llegar, receloso, la piel de la cara llagada por el sol, escondiendo las manos en el pecho, con un aire obsesivo y brutal. Se movía despacio, en un bamboleo suave y era fatal acordarse, con melancolía, de ese modo suyo tan indolente de caminar el ring para entrar en distancia, de su elegancia natural para salir pegando y hacer juego de cintura sin dejar el infaitin. Estaba allí, arrinconado, la espalda contra la pared, medio perdido, y miraba sin ver en el fondo del pasillo la última luz de la tarde, disuelta ya entre los álamos y las rejas del hospicio. Le alcancé un cigarrillo y él ahuecó las manos para resguardar la llama, sin tocarme, avergonzado por los lamparones de suciedad que le teñían la piel; fumó, abatido, hasta casi no poder despegar la brasa de los labios y después se quedó quieto, con los ojos vacíos, y de golpe estaba hurgueteando en los bolsillos de la camisa, desenterrando un montón de trapos que fue abriendo con prolijidad hasta encontrar el ajado recorte de El Gráfico donde se veía su cara, joven y borrosa, al lado de la cara de Archie Moore. Me estiraba el papel, respirando con la boca abierta, hablando dificultosamente, con una voz gutural, incomprensible, amontonando sin orden las palabras hasta que sin querer se quedaba callado y me miraba, como esperando una respuesta, antes de comenzar de nuevo, regresando una y otra vez a esa madrugada en el club Atenas de La Plata, al cuerpito destrozado del Laucha Benítez tirado en el piso, boca arriba y como flotando en la temblorosa luz del amanecer.

De algún modo toda esa historia va a parar al club Atenas; la historia o lo que vale de ella empieza allí la tarde en que el Laucha Benítez se arrimó a la figura desolada y feroz del Vikingo y en una prueba de lealtad, de imprevista lealtad hacia ese monstruo estrafalario, él, con su cuerpito escuálido y su cara de monito tití, se acercó a los otros, a los que acosaban al Vikingo y les arrebató el trofeo, la única insignia o escudo heráldico que el Vikingo había logrado conquistar en años de batallas perdidas y fracasos heroicos. Los ahuyentó, embravecido, a punto de largarse a llorar y después se arrinconó junto al  Vikingo y trató de sosegarlo, sin saber que se estaba buscando la muerte.
Nadie sabrá jamás lo que pasó, pero es seguro que el secreto hay que buscarlo en ese desvencijado club de box que alza sus paredes carcomidas y su techo a dos aguas en el fondo de una calle vacía: allí, una tarde de mayo del 51, el hombre que años después se verá obligado a hacerse llamar El Vikingo, se calzó por primera vez un par de guantes, tiró hacia delante la pierna izquierda, levantó las manos, se puso en guardia y empezó a boxear.

Introvertido y delicado, era ágil, rápido y demasiado elegante para ser eficaz. Se movía con la soltura de un liviano y todos elogiaban la pureza de su estilo, pero era imposible ganar con esos golpes que parecían caricias. En el fondo no había nacido para boxeador y menos para peso pesado, con su dulce rostro de galán del cine mudo, con su figura espigada y romántica hubiera hecho mejor papel en cualquier otro lado, pero era boxeador sin haberlo elegido, fatalidad de nacer con ese cuerpo espléndido y cerca del club Atenas. Daba tristeza verlo aguantar, impávido y sin sombra de duda, las arremetidas confusas de los brutales mastodontes de la categoría. Era más bien un hombre para boxear entre livianos, a lo sumo con algún peso welter; de todos modos, inexplicablemente y en una especie de traición que lo llevaba al desastre, su cuerpo estricto como un junco siempre pasaba los noventa kilos aunque él se matara de hambre. No llegó a ningún lado y nunca tuvo otra virtud que la pureza de su estilo, una loca obstinación para asimilar el castigo, un empecinamiento, un orgullo que lo obligaba a seguir en pie y arremetiendo aunque estuviera destrozado.
La culminación de su carrera la alcanzó una tarde anónima: una tarde de agosto del 53, en el gimnasio iluminado a medias y vacío del Luna Park, en el que se aguantó de pie frente a Archie Moore, en la única sesión de entrenamiento que el campeón del mundo hizo en Buenos Aires antes de pelear con el uruguayo Dogomar Martínez. Fue una tarde vertiginosa que después siempre le dolió recordar. Nadie se atrevía a ser sparring de Archie Moore y él se decidió porque aún conservaba inalterable esa cualidad, digamos adolescente, de despreciar los riesgos y confiar sin la menor vacilación en la fuerza de su insensata voluntad. Ilusionado pensó que era su chance, se convenció que era capaz de pelear de igual a igual, durante cinco rounds de tres minutos, con esa perfecta máquina de hacer box que era Archie Moore.

Estuvo mucho tiempo solo, sentado en un rincón, cerca de las duchas, esperando. Miraba la luz grasienta que bajaba de los focos enrejados y se mezclaba con la claridad de la tarde, sin pensar en nada, tratando de olvidar que Moore era, en ese entonces, uno de los tres o cuatro boxeadores más grandes de la historia del box. Durante un momento le pareció que se dormía, acunado por el sonido confuso de los hombres que se movían al fondo, pero de golpe llegaron los fotógrafos como un torbellino y se encontró encima del ring con Archie Moore enfrente. Empezaron liviano, haciendo cambio de frente y trabajo en las sogas. Moore era más bajo, usaba guantes rojos y botitas de terciopelo. El Vikingo se sentía muy duro, atado, demasiado atento a lo que pasaba  fuera del ring, a los fogonazos que caían imprevistamente no bien Moore se movía. Además sentía curiosidad más que miedo. Ganas de saber hasta dónde le iban a doler los golpes de un campeón del mundo. Al rato Moore le había acorralado dos veces, pero las dos veces consiguió zafarse haciendo juego de cintura. El campeón quedó descolocado, de cara al vacío y dejó de sonreír. El Vikingo empezó a darle vueltas alrededor, siempre fuera de distancia y Moore lo punteaba de zurda, quieto, hamacándose, y de repente se le iba encima con una velocidad fulminante. El Vikingo no hacía otra cosa que mirarle las manos, tratando de anticipar, con la oscura sensación de que el otro adivinaba lo que iba a hacer. En una de esas se movió un poco más despacio y Moore lo cruzó con dos derechas y una izquierda abajo y al Vikingo le pareció que algo se le quebraba, adentro. Moore lo tocó suave con la izquierda, como queriendo tomar distancia, amagó dar un paso al costado buscando perfilar la derecha y cuando el Vikingo se movió para cubrirse la zurda de Moore bajó como un latigazo y lo encontró a mitad de camino. Al Vikingo se le nublaron los ojos, levantó la cara buscando aire pero sólo vio los globos de luz del gimnasio que daban vuelta. Moore se ladeó, sin tocarlo, esperando que se derrumbara. El Vikingo sintió que se le cruzaban las piernas, se hamacó para dejarse ir pero se sostuvo de algún lado, del aire, vaya a saber de dónde se sostuvo, lo cierto es que cuando bajó la cara estaba otra vez en guardia.

A partir de ahí Moore lo empezó a buscar en serio, para tirarlo. Cuando estaban en el centro del ring y había espacio el Vikingo se las arreglaba con el juego de piernas, pero cada vez que Moore lo acorralaba contra las sogas tenía ganas de levantar los brazos y ponerse a llorar. Al rato navegaba en una niebla opaca, sin entender cómo podían pegarle tan fuerte, toda su energía concentrada en no despegar los pies de la tierra: única certidumbre de que aún estaba vivo. Trataba de mantenerse fiel a su estilo y salir boxeando pero Moore era demasiado veloz y siempre llegaba antes. Hacia el final había perdido todo, menos ese instinto fatal que lo llevaba a buscar la salida más clásica y conservar cierta elegancia pese a estar medio ciego, deshecho por los golpes cruzados y la combinación de jab y aperca que lo frenaban como si continuamente chocara contra un muro. A esa altura el mismo Moore parecía un hombre piadoso, obligado a pegar porque ese es el trabajo, con un suave relámpago de respeto y consideración alumbrando sus ojos levemente bizcos, una suerte de ruego, como si le pidiera que se dejara caer para no seguir golpeándolo.

Cuando todo terminó casi no se dio cuenta. Siguió cubriéndose y no bajó los brazos ni siquiera al ver subir a los fotógrafos, como si tuviera miedo que pensaran que Moore había podido noquearlo al final. Recién cuando alguien lo puso al lado de Moore y vio enfrente a un fotógrafo, comprendió que había logrado resistir: entonces miró la cámara, se puso rígido y trató de concentrarse para no cerrar los ojos cuando llegara el estallido del flash. Bajó del ring pensando cada gesto, atontado por el dolor pero invicto y satisfecho, habiendo adquirido para siempre una fatal confianza en su valor y su hombría, como si realmente hubiera peleado con Moore por el título mundial, entre mareas de embriagadora fama y sin ver el vacío, la pálida, enfermiza claridad que diluía los rostros, la silueta de los hombres que rodeaban a Moore, sin que nadie se ocupara de él, solo como nunca volvió a estarlo.

2

En los cinco años que siguieron no hubo otra cosa que una larga sucesión de masacres heroicas, en las que únicamente tuvo para ofrecer la extraña belleza de su rostro que a menudo llenaba de inquietud a las señoras del ringsai y una torva altivez, una manía de perfección, imperceptible para alguien que no estuviera con él entre las sogas. Claro que la emoción de las señoras del ringsai fue siempre una ansiedad secreta y ninguno de sus rivales resultó un caballero capaz de respetar ese orgullo suicida.

De modo que su campaña se cortó, sin sorpresas, una noche de febrero del 56, en el club Atenas. En ese galpón casi desierto boxeó por última vez, enfrentando a un desconocido brutal y de mirada turbia, que lo persiguió diez rounds tirándole lerdos mazazos, frente a los que él sólo oponía la absurda perseverancia y la fútil pureza de su estilo, un elegante juego de cintura que parecía destinado a encontrar todos los golpes que anduvieran sueltos por el aire. Cayó cuatro veces pero terminó de pie, borroso y tambaleante, la vista fija en el vacío. Cuando sonó la campana lo arrastraron a su rincón y él los miraba, arisco, los ojos muy abiertos, como alucinado o dormido, la cara rota, borrada por la sangre.

Nunca decidió dejar el box, porque para hacerlo tendría que haber dudado de sí mismo y era inútil esperar que hiciera eso; sencillamente dejaron de ofrecerle peleas, lo miraban rondar las oficinas de los promotores, lo veían llegar todas las mañanas al gimnasio con su bolsón de mano y empezar a entrenarse, terco, incansable, inspirando esa piedad irritada que suele provocar la sobrevaloración y el exceso de confianza. Seguro de sí y arruinado, jamás pidió otra cosa que una chance para volver a pelear y demostrar lo que valía. Al final, cuando estaba por morirse de hambre, alguien lo sacó del letargo y lo enganchó como luchador profesional en una troupe de catch. Allí, al menos, servía de algo su mirada grisácea, su cara delicada y aristocrática; subía al ring con una barba roja que lo avergonzaba y una especie de casco con cuernos para justificar el nombre de batalla. Tenía que abrir los brazos e inventar un rito aparatoso que, según el promotor, era el saludo vikingo. Lo hacía mal, torpemente, y sin darse cuenta trataba de estar siempre de espalda al público, como no  queriendo que lo reconocieran.

La troupe  andaba de gira por el interior y él se pasaba las tardes encerrado en los cuartos desvencijados de tristes hotelitos de provincia, tirado boca arriba en la cama, esperando la noche, esperando los saltos absurdos y las risas, sin otro consuelo que el de desenterrar, de vez en cuando, el amarillento recorte de El Gráfico en el que aparecía su cara invicta y joven, al lado de la cara de Archie Moore. Se pasaba las horas alisando el papel contra la mesa, tratando de borrarle las arrugas que le iban deformando la cara en la foto, tajeando su hermosa cara rubia que parecía haber envejecido, cuarteada en el papel quebradizo.

Todos lo soportaban porque les era útil, porque su expresión melancólica y su figura altísima, de melena rojiza y barba al viento atraía al público que no parecía notar su torpeza, su aire ausente que mostraba a las claras que estaba a miles de kilómetros de ese cuadrado de soga levantado en medio de una plaza.

Para disimular su indiferencia terminaron diciendo que era sueco o noruego, que no hablaba una palabra en castellano, y esa fábula, inventada para fortalecer el mito, favoreció su hosquedad, su silencio. Al tiempo, todos terminaron por creérselo, hasta el que lo había inventado, y quizás él mismo se convenció que había nacido en algún remoto país del que sólo le quedaba una nostalgia vaga.

Anduvo en eso más de dos años en los que apenas si habló con los otros, arrinconado y siempre solo, atrapado por la vertiginosa y monótona sucesión de pueblitos, de caras brutales y saludos vikingos, y nadie se extrañó cuando desapareció de improviso, una tarde. La troupe había desembarcado en La Plata y él se fue sin avisar, súbitamente, como obedeciendo a un llamado, sin llevarse otra cosa que una vieja valija de cartón, el seudónimo que conservaría hasta su muerte y la barba iluminándole la cara. Caminó por las calles desiertas, en el ardiente calor de la siesta de febrero, enfundado en una tricota negra de cuello volcado, llamando la atención con su cuerpo tan alto, con su figura estrafalaria, sin mirar a la gente que se daba vuelta para ver pasar a ese gigante rubio; atravesó el espeso y dulce aroma de los tilos y buscó el club Atenas como quien vuelve a casa después de una tormenta. No tenía otra cosa para ofrecer más que su misma obstinación, pero se quedó hasta hacer estallar la tragedia.

Fue allí después de cruzar el hall desmantelado del Atenas y agacharse para trasponer la puertita que daba al gimnasio, cuando vio por primera vez el cuerpo diminuto del Laucha Benítez. El chico, un peso mosca de diecisiete que prometía mucho pero que no se decidía entre su innato talento para el box y sus ganas de ser cantor de boleros, estaba al fondo, perdido entre las sogas y el olor de la resina y, según dicen, apenas hizo un gesto, un leve balanceo y ese fue su modo de decirle que lo estaba esperando desde siempre. Los dos se miraron, casi inmóviles, y después de un instante el Laucha siguió golpeando con sus manitas delicadas una bolsa de arena más alta que él, todo el rostro concentrado en el esfuerzo por parecer feroz. El Vikingo siguió caminando hacia el medio, como si lo buscara, mientras el Laucha se abrazaba a la bolsa de arena y lo veía acercarse, fascinado ya por esa figura a la que el sol de la siesta bajando por los cristales empañados otorgaba un aire fantasmal. Se lo quedó mirando, una leve sonrisa aquietada en su boquita de mujer, como si entreviera la altivez y el furor secreto del Vikingo, o mejor, como si adivinara que ese furor y esa altivez le estaban dedicados.

Tal vez por eso, de allí en adelante, el Laucha fue el único que pareció reparar en la existencia del Vikingo. Cautivado, atento a sus menores gestos, lo vigilaba, emitiendo extrañas señales, muecas, murmullos, equilibradas representaciones en las que su cuerpo adquiría la armonía y el fulgor de una pequeña estatua. Estas celebraciones culminaban cuando el Vikingo estaba cerca: entonces el Laucha dejaba lo que estuviera haciendo, echaba la nuca hacia atrás, clavaba sus ojos en la cara desolada del Vikingo y con su voz aguda, tristísima y casi de mujer, cantaba uno de los boleros de la época de oro, en el estilo de Julio Jaramillo.

El Vikingo no parecía escucharlo o saber que existía, como si se moviera en otra dimensión, siempre ausente. Se arrinconaba con los ojos perdidos y pasaba las horas, aturdido por el rumor del gimnasio, sin hacer otra cosa que cambiar la posición de vez en cuando. A veces, sin embargo, parecía excitado, se movía nervioso con un brillo azul en los ojos y de pronto, en los momentos más inesperados, lo asaltaban extrañas inquietudes, temblaba levemente, empezaba a murmurar en voz muy baja, agitado y manoteando el aire, hasta terminar enfurecido, contando en un tono indescifrable una historia confusa: la historia de su sesión de guantes con Archie Moore. Repetía los movimientos boxeando solo, agazapado y en guardia, largando al vacío lerdos mazazos tímidos. Saltaba o se movía, pesado, torpe, tratando de rescatar algo de todo aquello, siquiera una visión  fugaz de ese pacto con Moore, de ese loco, insensato y nunca valorado heroísmo. El resto (todos los que usaban el Atenas como templo de sus esperanzas, de sus catástrofes) le formaban un círculo, lo excitaban con gestos de aliento, con risas, sabiendo que al final, indefectiblemente, sudoroso y cansado, respirando con la boca abierta, con ademanes lerdos y cuidados, hurguetearía en su camisa hasta encontrar el recorte de El Gráfico que sostendría con firmeza pero lejos de su cuerpo, con un gesto de tristeza, de abatimiento y de secreto orgullo.

El Laucha era el único que parecía impresionado, el único que miraba la foto del recorte, la cara del Vikingo un poco magullada que se alcanzaba a descifrar en el pedazo de papel. Los demás hacían bromas, se reían, mientras el Laucha se alejaba, parecía esconderse, refugiarse en un rincón y desde allí vigilaba a todos los que se amontonaban alrededor del cuerpo vacilante del Vikingo. Asustado, sin animarse a intervenir, miraba con dolor al Vikingo que intentaba contar de cualquier modo aquella pelea, la fulminante velocidad de Moore y sus botitas de terciopelo.

Y esa tarde, cuando alguien le arrancó un pedazo de papel, el Vikingo se quedó quieto, como sin entender y después pareció que algo le nublaba los ojos porque se cruzó una mano por la cara y de golpe estaba en medio de ellos, sin ver al Laucha que a su lado, enfurecido y diminuto, los insultaba y los hacía retroceder, hasta que al final se dio vuelta hacia el Vikingo y lo rozaba apenas con la palma de las manos, despacio, arreándolo como si fuera un gran animal enfermo. Lo llevó hacia un costado, lejos de los demás y empezó a hablarle en voz baja, arrullándolo, mientras el Vikingo dejaba de moverse y de gemir, sosegado ya, los ojos perdidos en el aire, la hermosa cara en paz.
Desde ese día empezaron a andar siempre juntos, separados del resto. Se arrinconaban al fondo del gimnasio, quietos, sin hablar, y de golpe el Laucha empezaba a cantar los boleros, muy bajito, sólo para el Vikingo, dejándose ir en los agudos como si fuera a desarmarse.
En ese tiempo, según dicen, el Vikingo pareció renacer. Empezó a entrar en el ring con el Laucha y le servía de sparring. Algunos atribuyen a esto la causa de todo, hablan de accidente, de una mano incontrolada. De todos modos, era cómico verlos cambiar golpes, el Laucha menudo, casi un chico, saltando ágilmente, con su cara de monito tití  y al lado la mole encorvada del Vikingo moviéndose pesadamente. Uno solo de los golpes del Vikingo hubiera bastado para quebrar en dos al Laucha que sin embargo entraba en el ring seguro y pavoneándose, como un domador en la jaula de los osos. Se ponían en guardia y empezaban un simulacro de combate, el Vikingo plantado en el centro, el Laucha bailoteando alrededor. El Vikingo lo golpeaba con delicadeza, como si lo acariciara y ponía la cara impunemente, orgulloso de haber recuperado su fabulosa resistencia al castigo. Al fin el Laucha se cansaba de pegar y se dedicaba a hacer soga. El Vikingo se sentaba en un costado, los ojos quietos en la cara del otro, tenso por el esfuerzo, todo el cuerpo brilloso de sudor.

Cuando caía la tarde los dos se metían juntos en las duchas; desde afuera se escuchaban los chillidos del Laucha que se demoraba horas bajo el agua, cantando con los ojos cerrados, mientras el Vikingo se vestía y lo esperaba, tendido sobre uno de los bancos de madera sin respaldo, las manos en la nuca, dormitando hasta que el Laucha aparecía, la piel azulada, oliendo a jabón de coco y empezaba a vestirse, elegante y teatral, haciendo muecas frente al espejo empañado. Los dos salían a caminar por la ciudad en el atardecer, y la gente se paraba a mirarlos como si vinieran de otro mundo, el Laucha con su pinta de jockey pero vestido como un dandy, caminando al lado de ese gigante melancólico, de melena rojiza.

Terminaban siempre en los alrededores de la estación de trenes, sentados frente a una mesa, en la vereda del bar Rayo, bajo los árboles, tomando cerveza negra y respirando el aire suave del verano. Se pasaban las horas ahí, mientras crecía la noche, mirando el movimiento de la estación, adivinando la llegada de los trenes por el aluvión de gente que cruzaba junto a ellos. No hablaban, no hacían otra cosa que mirar la calle y tomar cerveza, tranquilos, como ausentes, hasta que al fin, sin que ninguno de los dos dijera nada, se levantaban y se iban, guiados por el Laucha que miraba atentamente a un lado y a otro antes de cruzar, caminando siempre un poco atrás del Vikingo, como si lo arreara entre los autos.

Así pasaron lo que quedaba del verano: cada vez más aislados, perfeccionando entre los dos el final secreto de la historia. Todos opinan que en ese tiempo el Laucha se  quedaba a dormir en el Atenas. Incluso llegaron a verlos, una mañana durmiendo juntos, la cabeza del Laucha apoyada en el pecho del Vikingo que parecía acunar a una muñeca. De todos modos nadie previó o pudo saber lo que pasó esa noche: se vio luz en el club hasta la madrugada y alguien escuchó la voz aguda y suave, desafinada del Laucha cantando “El relicario”. Un viento espeso sopló toda la noche, arrastrando el olor a madera quemada del río. Pareció extraño que nadie saliera a abrir; la puerta estaba rota, como si el viento la hubiera desencajado, y del otro lado, en la temblorosa luz del amanecer que se filtraba por las ventanas, encontraron al  Laucha agonizando, destrozado a golpes, y al Vikingo en el suelo, llorando y acariciándole la cabeza sucia de sangre y polvo. Todo el gimnasio vacío, el suave murmullo del viento entre las chapas y al fondo la figura encorvada del Vikingo abrazado al cuerpo del Laucha que tenía la cara destrozada y una sonrisa en su boquita de mujer, como una oscura señal de amor, de indolencia o de agradecimiento.

15/8/14

Chaucha / implosión / hábitat


El estallido son: expulsiones a modo de fusil emitidas por los frutos con forma de chaucha de las glicinas. 

Esta es la época del año en que hacen implosión para fertilizar la tierra en una penetración cruda y vigorosa. Entre los errores esperados, algunas semillas se lanzan contra los vidrios de las ventanas, otras atentan contra los gatos en sus actividades ceremoniales y el resto de las plantas del jardín formándoles hoyos. 

Analizo ante el sonido a modo de fusil la consecuencia de cada acto propio, 
cada gesto, 
cada movimiento
manifestación
cada palabra
(más adelante se analiza el procedimiento técnico por el cual se expresa lo siguiente)
cada pensamiento
sobre el hábitat y la naturaleza. 
Aún cuando el sonido de la brutal fertilidad me sobrepase
y consuma.

9/4/14

Thank you for smoking



Algunos puntos a refrescar previo a narrar una secuencia.

Lanzo algunas cuestiones para tener en cuenta (en el ahora) para disponer de las incongruencias del mercado / estado / mundo / universo humano. Quizás en los años venideros algún sociólogo o antropólogo se tope con los restos de lo que fuera este blog -o lo que considero desde hace años mi blog- y pueda hacer una reconstrucción para algún trabajo sobre residuos en la web. Obviamente, sería presumir demasiado si insinuara que esto puede generar atención ante una revisión historiográfíca, o sería sobrevalorar las incoherencias de la situación. 

Período final y mediocre de la década gangrenada. Un día antes de un paro general que sitúa dos polos fuertes en sus afirmaciones y posturas, agrupaciones de izquierda, gremios, sindicatos y en fin, empresarios, contra el gobierno e instituciones del estado nacional, sindicatos afines y entidades varias. En el medio de estas negociaciones de poder, resplandece la incertidumbre que no sólo se activa para la clase media argentina; atrapa todo un abanico con forma de ventilador que sacude los vestidos alargados llenos de sudor de la muestra de fin de año de un taller de baile flamenco. 

En esas redes de lógicas perversas, me comenta uno de los chicos que atiende el minimercado de YPF -la más próxima a mi casa- que él y sus compañeros tienen que ir a trabajar a pesar del paro para no perder el presentismo, aunque la estación va a estar cerrada porque los playeros forman parte de otro sindicato que sí adhiere al paro. 

En esa charla, que si bien fue breve pero me informó de ciertos actos de linchamiento simbólico, me entero con la presencia de Hugo ya en el diálogo -vecino devenido carpintero que trabaja en el taller al lado de mi casa- de la siguiente gestión logística llevada a cabo por los comerciantes de la zona.

Desde el año pasado los comerciantes del conurbano de Buenos Aires llegaron a un acuerdo respecto a los cigarrillos por sus aumentos y el poco beneficio económico que les da su venta. Este acuerdo los lleva a vender un paquete de cigarrillos a dos pesos más del precio oficial, aproximadamente. Eso es un denominador común en cualquier kiosco o mercado que se desprenda de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (y hasta quizás en sus tenebrosas periferias) que sólo tiene un amparo o un pulmón auxiliar de reparo para los fumadores que son las estaciones de servicio, las cuales los venden al precio oficial, como es el caso de la estación YPF desde donde surge este relato.

El cajero dice que el encargado del minimercado puso un tope de cinco paquetes de cigarros a los comerciantes de la zona que tienen la práctica de comprar en la estación para luego venderlos en sus comercios al precio que indiqué antes. Entre ellos están los chinos del supermercado como los argentinos de los kioscos de la zona. Al parecer, es un recurso muy utilizado para evitar comprar al por mayor, superando ciertas trabas y obteniendo mejores ganancias. 

Eso me recordó a la tarifa de recargo variable que rige tanto para celulares de cualquier compañía como para la tarjeta SUBE. Si bien esto sucede en todos los locales del conurbano (exceptuando lugares de servicio estatal como el Correo Argentino, las boleterías de tren y la mayoría de las agencias de Quiniela), también acontece en Capital Federal.

A modo de cierre de este relato quisiera agregar que debería dejar de fumar en el corto plazo tal como me había programado con fecha límite incumplida para el 20 de enero. Además, debería llevar mis adicciones piromaníacas al ejercicio exhaustivo y placentero de la quema de comercios varios, desintegrar organismos y bacterias estatales y relacionarme con temas que aporten a la integridad animal a la cual aspiro para practicar sexo grupal con pingüinos y gorilas de igual modo.

Y está bueno recordar una película como "Thank you for smoking", by the way.

26/3/14

Los cosos


***

Todos ellos traían sacos, que parecían muy pesados. Amarraron bien sus caballos, se adelantó uno de ellos en dirección a una roca y gritó: "¡Ábrete cerebro!"

***

Las piedras son mucho más lentas que los animales. Las plantas exhalan más aroma cuando cae la lluvia. Las golondrinas cuando llega el invierno vuelan hasta el verano. A las palomas les gusta el maíz y las migajas de pan. Las lluvias vienen del agua que el sol evapora. Los hombres cuando vienen de lejos traen maletas. Los peces cuando nadan juntos forman un cardumen. Las larvas se transforman en mariposas dentro de los capullos. Los dedos de los pies evitan que se caiga. Los sabios están en silencio cuando los otros hablan. Las máquinas de hacer nada no están descompuestas. Las colas de los changos sirven como brazos. Las colas de los perros sirven como risas. Las vacas comen dos veces la misma comida. Las páginas fueron escritas para ser leídas. Los árboles pueden vivir más tiempo que las personas. Los elefantes y los delfines tienen buena memoria. Las palabras pueden ser usadas de muchas maneras. Los fósforos sólo pueden ser usados una vez. Los vidrios cuando están bien limpios casi no se notan. Los chicles son para masticar y no para tragar. Los dromedarios tienen una joroba y los camellos dos. Las mediasnoches duran menos que los mediosdías. Las tortugas nacen en huevos pero no son aves. Las ballenas viven en el agua pero no son peces. Los dientes cuando las personas los lavan quedan blancos. Los cabellos cuando están viejos quedan blancos. La música de los indios hace caer la lluvia. Los cuerpos de los muertos enterrados abonan la tierra. Los carros hacen muchas curvas para subir la sierra. A los niños les gusta hacer preguntas sobre todo. No todas las repuestas caben en un adulto.

***

Cama acostar, cadera sentar. Camisa brazo, pantalón pierna. Techo pared suelo. Puerta ventana. Leche blanco, café negro, mantequilla pan. Plato comer, vaso beber. Carro ir, carro venir. Oreja entrar, boca salir. Gesto mano brazo, pierna pie paso. Luz encima, cena abajo. De noche lana, sol de mañana. Derecho cierto. Ok perfecto. Pene esperma, leche pecho. Silla asiento, cama lecho. Uno por sí, cien por ciento.

***

Las cosas tienen peso, masa, volumen, tamaño, tiempo, forma, color, posición, textura, duración, densidad, olor, valor, consistencia, profundidad, contorno, temperatura, función, apariencia, precio, destino, edad, sentido. Las cosas no tienen paz. 


Arnaldo Antunes
As coisas (Iluminarias, 1992) 

10/3/14

My way killings at karaoke



Sí, hola. ¿Qué tal?
Paso a contarles.

Es así, en dos pasos, dos cosas.

Resumo la primera que resulta ser la más obvia.
Llevo muchos años deseando realizar un disco karaoke pero como no toda consigna lleva a la obviedad que sugiere, los años pasaron hasta que con Mar decidimos emprender este proyecto unidos por la necesidad de seleccionar una lista de canciones (bajo un arduo criterio) y cantarlas con el mejor sistema de karaoke para pc. 


Así fue que reunidos durante frías, tibias y cálidas noches en el cuartito de Bedoya, cantamos a dúo a merced de la prueba y el error como sello; la espontaneidad como aval y crédito. Así concebimos una lista de temas que creemos inspiradores, o en su defecto, cantables. 

La otra cosa, la segunda, es lo que descubrimos a partir de este emprendimiento, en el cual fuimos indagando acerca del fanatismo que despierta el karaoke como fenómeno en Asia. 

Al parecer, en Filipinas además de utilizarse los KTV -sitios de karaoke- como fachada para practicar la prostitución, también hay episodios de violencia inusual, cual barrabrava futbolístico, durante la performance de ciertas canciones, siendo "My way" de Frank Sinatra, el tema por excelencia con mayor cantidad de víctimas. 

Terrible, ¿no?


Por eso y el punto anterior, decidimos hacer este disco. Buscamos hacer un aporte a la cultura del karaoke y rendirle nuestra devoción y quizás atraer mecenas -o diezmos ahora que el catolicismo está en voga (de) para muchos- que cubran los gastos y daños de los familiares de las víctimas de la actividad karaoke en Filipinas. 

Retomando consignas, dejemos en claro qué pasó.

Hay un disco y se llama "My way killings at karaoke" que pueden escuchar desde el click a su título previamente escrito o acá abajo, donde les resulte más cómodo. También hay un fenómeno y como no se puede dejar pasar por alto, tras una larga e intensa búsqueda a través de contactos en Filipinas y por medio de diversas organizaciones internacionales, pudimos dar con el cantante / agitador cultural / activista / caudillo fuera de sus Pampas y virtuoso de esa tierra. 


Su nombre es Boyet Vasquez y acá su video para que lo conozcan mejor. Aquellos que tengan Facebook y/o Twitter, pueden darse el placer de seguirlo a través de las redes sociales. 

Eso es todo, gurises. 


22/10/12

Restos de mi marea




Los restos como un forma de recordatorio.
Papel picado, bolsas de consorcio y de regalos.
Vasos amontonados, grietas en el cuerpo,
en la cabeza y en la memoria.

Restos, todos restos.
Resabios de un dragado mental,
excesos que dañan mi cuerpo,
tu cuerpo.

Un cuento de hadas que nuevamente leemos en la noche, 
prácticamente eterna,
culminada en la neblina espesa del bosque
invadido débilmente a través del sol lejano parpadeante.  

Una foto gigante tuya reprobándome
desde un pasado de desconocidos
y un viaje de aventuras exitosas.

Coordenadas deseadas y habitables
que fueran anotadas con marcador en un mapa geográfico mental.
Para regresar, hacerse pies, manos,
toda una tuna repleta de agua
dispuesta a fundirse en la tierra seca
para luego cambiar destinos.

Nuevas coordenadas.
Cambiar atuendos de tuna
por araucaria patagónica.  

Lamentable –desde el momento del repaso de un listado con
la sucesión de los acontecimientos-
no haber podido tomar conciencia presente de todos los daños.

Destrozar con tanta facilidad,
como un preparado vertiginoso de confetti con mis libros favoritos.
O esa lectura del cuento de hadas
declamada entre susurros con el calor de los gatos
y luces apenas brillando en el cuarto.

Triste nota al pie de eventos épicos llenos de amor,
con personas brindando amor,
y un disco homenaje treintañero como banda de sonido.

10/5/12

Reptilia


La bellísima composición de Charles Burns, un historietista a investigar profundamente entre sus agujeros negros y detectives con máscaras de luchadores mexicanos. Encierra mucho cine en sus comics. 

8/6/11

La mordida

El apetito era una variable que escapaba bastante lejos de sus posibilidades. Quizás acercándose un poco hasta la reja derribada, podría ayudarse a subir a través del coche quemado, reptando su torso hasta que la sangre le permitiera finalmente deslizarse como tabla de surf hasta la base de la torre.

Le llevó horas, quién sabe. No era justamente una época donde el tiempo pudiera medirse con precisión. Levantó sus brazos desprendiendo los restos de camisa que quedaban atados a su piel y sus manos tomaron con toda la presión que sus días de hambruna habían reservado para la ocasión.

Le dio un profundo mordisco a la pierna derecha del cabo que hacía la guardia al lado de la torre; presenció con sus ojos decrépitos la desesperación humana en toda su magnitud. Sólo un rato después de que terminase el espectáculo, cayó un balazo en su cabeza que rebanó trozos de cerebro por todo el patio del refugio.

Los niños del campamento se escaparon del cuidado de sus padres y fueron a chapotear en el charco de sangre. Los militares, mientras tanto, apuntaban a la cabeza del cabo malherido. Los gritos y advertencias de los padres fueron silenciados por la ejecución; los niños estallaron en risas ante el disparo y siguieron su travesía corriendo tras la reja en una huida infantil masiva. 

2/8/10

Los rabiosos


Echan espuma, echan sangre.

Rabia.

Rabia!

Entre más pienso esa palabra,
más la siento arder por dentro.

Rabia que se esparce como copos de nieve
decorando el villancico de los niños,
reunidos en torno a un fogón de camping,
ellos, los rabiosos,
les escupen borbotones de sangre.

Esa música siniestra,
repleta de todo el terror que ni una infancia
de películas de monstruos pudo proporcionar.
Esa música suena en mi viaje
mientras veo a los rabiosos
blasfemando las vitrinas de tiendas caras,
organizando festines en sus peregrinaciones,
devorando las capas de piel de monjas,
monaguillos,
chicxs scout,
adolescentes rockers cristianos.

Los rabiosos en fuga.

Echan espuma, echan sangre,
sangre y espuma,
ante el glorioso y coagulante ícono de la vírgen Luján.

8/5/10

Las empresas bicentenarias que la revolución impúdica nos dio


No asumir errores, sin dudas, es parte de una cultura de trabajo perfectamente idiota y caníbal. Supongo que la única forma de empezar a "hacer bien las cosas" deba ser que los altos cabezas -entiéndase por ello las jerarquías más nobles y castas- que comandan dicha empresa, asuman finalmente que tienen una corporación de mierda.

16/9/09

Prepare su propio Grog en la tranquilidad de su hogar



El grog es una bebida hecha de agua caliente azucarada, mezclada con un licor, generalmente ron, aunque también kirsch, coñac u otros. Suele contener algún aromatizante, por ejemplo, limón.

Ingredientes y elaboración

* Un poco de ron negro
* Una cucharadita de azúcar
* Jugo de lima
* Una rama de canela
* Agua hirviendo

Se mezclan todos los ingredientes, añadiendo agua hirviendo hasta llenar el vaso.

Historia

Fue usada por la marina británica como forma de reducir el consumo de ron por parte de los marineros, y para que aquellos soldados que tenían que entrar en batalla, se mantuviesen lo suficientemente conscientes como para enfrentarse a los temibles combates en la mar; siendo parte de la ración diaria hasta el 31 de Julio de 1970.[cita requerida] dia que se conoció como el Black tot day.

Fue la bebida favorita de los marineros británicos durante años. Las versiones actuales incluyen ron con agua caliente azucarada con zumo de limón. Puede beberse caliente, o preferiblemente frío.

De hecho, el adjetivo grogui (de groggy), viene del estado en el que quedaban los que abusaban del grog.

Grog en la ficción

El grog en el videojuego Monkey Island

Los piratas del videojuego "The Secret of Monkey Island" tomaban una bebida inventada llamada grog que nada tiene que ver con su contraparte original. En el juego, el grog, es la bebida preferida de todo pirata del mundo de ese video juego, formada por gran cantidad de ingredientes muy dispares, y muy corrosiva. El grog tiene variantes de mijillas blancas en su contenido, tantas más pintillas tenga, de más calidad será. Tanto es así que puede corroer las jarras de metal donde es servido, por lo que hay que tomarlo directamente de un barril u otro recipiente. Su fórmula contiene uno o más de los siguientes ingredientes (tal y como indican los tres jefes piratas): queroseno, propilenglicol, endulzantes artificiales, ácido sulfúrico, ron, acetona, tinte rojo nº2, SCUMM, grasa para ejes, ácido para baterías y pepperoni.

El reporte de C5N

El 24 de agosto de 2009 el canal argentino de noticias C5N en un intento por alarmar a sus televidentes, realizó un informe sobre la relación entre los jóvenes y el consumo desmedido de alcohol. Como muestra de esta costumbre juvenil da como ejemplo un nuevo trago de moda, el "Grog XD", bebida que supuestamente se ingiere antes de ingresar a las discotecas. Factores como la ignorancia por parte de los responsables de la nota en lo que atañe a emoticones (el nombre de la bebida es "Grog", y el "XD" claramente era el emoticon para dejar en evidencia que se trataba de una broma), videojuegos, redes sociales y en alguna medida fisiología humana condujeron a que se presentara como un caso periodístico serio una broma realizada entre usuarios de un foro de Facebook. El presentador no sabía que se trataba del trago de Monkey Island, y que de allí provenía la mortalmente tóxica receta.

22/11/08

Criminales



El haudenschildGarage, Spare Parts Projects presenta:

Un crimen tiene varias historias
La distancia más corta entre dos puntos nunca es una línea recta

29 de noviembre 2008, Buenos Aires, Argentina


Un crimen tiene varias historias es un proyecto de cadáver exquisito comisionado y producido por Eloisa Haudenschild y Steve Fagin del haudenschildGarage, basado en el cuento de Ricardo Piglia, La loca y el relato del crimen (1975), que acontece en Buenos Aires y que fue tramado junto con los co-conspiradores Judi Werthein, Sonia Becce y Alejandro Ruiz.

El texto de Piglia generará dos obras de sitio específico y un cuento comisionado al escritor argentino Washington Cucurto.

En mayo de 2008, el haudenschildGarage viajó a Buenos Aires para reunirse con la curadora argentina Sonia Becce y la artista argentina Judi Werthein, quienes seleccionaron a un grupo de artistas para el proyecto trabajando en instalación, fotografía y video. De este grupo, el haudenschildGarage y Alejandro Ruiz seleccionaron a los artistas Roberto Jacoby, Fernanda Laguna y Rosalba Mirabella.

El 29 de noviembre de 2008, un espectáculo multidisciplinario de un solo día, organizado por el productor argentino Alejandro Ruiz, comenzará con un video de la elegante interpretación hecha por Ricardo Piglia de su propio texto realizado especialmente para nuestro evento y estrenado en Malba – Fundación Costantini (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires).

Nos trasladaremos de la recepción de apertura en Malba – Fundación Costantini a la fiesta de cierre en La Boca pasando por los proyectos de Jacoby, Laguna y Mirabella en un banquete ambulante de cultura y comida.

El ultimo capítulo de nuestro espectáculo será la interpretación inaugural del brutal y brillante cuento de Washington Cucurto, comisionado por el haudenschildGarage como respuesta a La loca y el relato del crimen de Piglia. Cucurto y el colectivo literario Eloisa Cartonera realizarán una lectura del cuento en conjunto en su espacio en La Boca. Un catálogo del proyecto completo y una edición limitada de un survival kit, que será proporcionado al auditorio en Malba para facilitar su viaje, serán producidos en colaboración con Eloisa Cartonera.