lunes, 17 de julio de 2006

Un nemurineko

La larga vigía en la tarde conducente al despertar de los viejos troncos.
Hay un breve momento en el que el suelo calcina al pie y allí, fue cuando entró en escena un señor con su sombrero montado entre sus brazos y sus bigotes plegados contra la comesura de los labios.
-Largo ha sido el día y el quejido del sol
Las azoteas lo escucharon levemente, un puñado de moscas de la fruta cayeron en su frente, en forma de cascada. El sudor estaba bañando toda su piel y el último almacén estaba tan lejos del horizonte como el aire fresco despedido por las sierras, remotas a los ojos y pensamientos.
El vigía se recostó en su propio cuerpo y se acobijó con el calor de su ropa; el señor miraba suplicando la bondad de la noche y de los últimos paseantes.
En el frente de una tabaquería se encontró con cierta paz, o el temblor del supremo en su poderío. Suspiró contra el vidrio y dibujó un lamento mientras caía con la fatiga y la gravedad, ambas, en la acera.
Un nemurineko yacía en los cruces de las veredas, olvidado por sus dueños, el anhelo, el recuerdo y el deseo. El señor tuvo ganas de sentirse feliz, complacido, acompañado.
Sin embargo, prefirió dormir a un costado del gato, para no equivocarse.