sábado, 26 de mayo de 2018

Hipoxifilia en el último día en la tierra



Intento aprender de los errores de mi vida anterior, mi amor, como cuando veo mi cuerpo muerto con una leve erección: comprendo que la hipoxifilia no fue una buena idea.

jueves, 22 de marzo de 2018

Dos noches atrás



Victor Pascow vino a visitarme en un sueño. Dejó un mancha de barro sobre la cama y escondió sus vísceras bajo la almohada

martes, 13 de febrero de 2018

¿Cómo te llamabas?



-¿Cómo te llamabas?

Ahora no importa eso. Acabo de terminar de ver una película. Había un tipo, el jefe de policía, que va a su establo como si fuera un templo donde reflexiona sin la presencia de su familia. También es ahí donde se encapucha y se pega un tiro en la cabeza. 

Sus caballos al otro día pastan a campo abierto porque les deja sus corrales abiertos. Pensé que debería existir un territorio donde los caballos puedan optar por ser libres.

“¿Cómo te llamabas?” es una pregunta mal formulada y además molesta. 

¿Cómo te llamabas?
Todo el tiempo abandonamos nombres, cuerpos e identidades. Creo que puede ser algo bueno. Podríamos hacer algo bueno con eso. Realmente.

lunes, 23 de octubre de 2017

Mi hermano del medio


Tendría seis o siete años. Con certeza, ya estaba en la primaria. 

No podía dormirme. Sentía el chirrido de mi cabeza rozando el respaldo de esterilla de la cama, un entramado complejo en el cual invertía horas jugando con mis dedos, debilitando el tejido sin cruzar el límite de quebrarlo. Mi cabeza orbitaba alrededor de la muerte mientras transcurría la noche en el cuarto donde conviví durante años con mis hermanos. La ventana hacia la calle Iguazú ya debía estar colmada de stickers que coleccionaba sin demasiado criterio. 

En mi cabeza se habían presentado imágenes de mi hermana y mi abuela: trataba de comprender la mortalidad de las que fueron víctimas, y si eso afectaría también a mis padres que dormían en el cuarto contiguo. El insomnio producto del miedo me permitió profundizar capas de análisis, dudar con mayor seguridad -y angustia- sobre si ellos se mantendrían vivos sin importar el curso biológico de la vida ni cualquier creencia subyacente. 

A la mañana recuerdo que me senté a desayunar con mi mamá. Tenía vergüenza de preguntarle, no sé si por sentirme estúpido o indefenso ante la probable explicación que me diera. Recuerdo que el sol pasaba por las cortinas formando un rectángulo sobre la mesa redonda. Mamá me respondió. No recuerdo la respuesta precisa, tengo sensaciones de su cara hablándome con seguridad, transportándome la tranquilidad que necesitaba en ese momento. 

Ellos representaban figuras fuertes y gigantes, imposibles de derribar. 

Mis antecedentes cercanos a la muerte eran pequeños fantasmas que muchas veces me hacían levantarme de la cama. Iba al pasillo, me acercaba a la puerta de mis padres para sentir la luz proyectada por su televisor para sentirme protegido. Según el volumen de miedo que me invadiera, emitía sonidos o recortes de mi sombra que evidenciaran mi presencia a mi madre, y ella alertada preguntara por mi nombre. Generalmente respondía y me iba a dormir con ellos, pocas veces volvía silenciosamente a mi cama. 

Cuando tenía dieciséis volví a sentir esa angustia con mayor intensidad. Tras la muerte de mi abuelo materno pasé una semana en mi cuarto desvelado. Para ese momento tenía una pieza para mí solo, la que antes usaban mis padres. Esas noches intentaba revelar algún sentido desde la pérdida, hacia dónde iba todo el flujo de energía y vida después de la muerte; intentaba precisar en mi mente qué se sentía antes de nacer. Hacía suposiciones y atravesaba instancias que me dejaban más dudas, más dolores al amanecer. Mi espíritu se vio más alterado y revuelto; un año más tarde se traduciría en el comienzo de mi trastorno de ansiedad y en crisis de pánico. 

Mientras tanto, pasaron los años. Esos pensamientos y esas capas volvieron a hacerse visibles con diferente intensidad, siempre en un simulacro mortal que me dejaría agotado, pero podría alejar y evitar a nivel cognitivo a través del placer, con la vida sudando por mi pecho y secándose en mi espalda. 

Gusti en cambio era diferente. No padeció esos miedos. De todos los hermanos, él era el más fuerte. Se mostraba seguro y avanzaba, respaldado por el humor escatológico con el que perdía pudor. Crecía a través del proyecto que le daba un marco de seguridad: su profesión y su propia familia, a las que dedicaba toda su vida. Definían su independencia y el grado de observación crítica al interior del núcleo familiar predecesor. 

La angustia vuelve hacerse profunda estas noches y toma dimensiones infinitas, aún cuando pensé que podría esquivar ciertas conductas primarias, ciertas preguntas resueltas.

El chirrido del respaldo de esterilla sigue sonando en mi cabeza.

martes, 8 de agosto de 2017

Hojas de palmera




Ahora no ves bien, pero tenés una plaza al lado.

Está vacía. Hay un rincón donde se trenzan a la altura del monumento una variedad de hojas de palmera. La vereda está cubierta por una identidad difusa de manchas de pintura o alimentos que forman una red carpet donde se amontonan las palomas.

Ahí abriste los ojos, pienso. Estás acostado en un asiento cubierto de mierda, intenté advertirte. No importa. Óleo y aceite para pintar un sábado cuando te aburras de escribir. Te sacás esta ropa y la usás de material. Te usás a vos mismo como material, te convertís en lienzo, en mástil, en héroe o en vos.

Te huele un perro. Ya está, perdió interés. Todos perdemos interés y nos dedicamos a otras cosas. Nos internamos en la complejidad y nos alejamos de lo importante. Nos convertimos en nuestro propio alien alimentándose en el abdomen.

Ahora te mira un croto; cayó un grupo de amigos con una pelota. Podés seguir sin ver. No te levantes, no te preocupes, todo va a estar bien.

No tengas miedo.

Ahora no ves bien, pero tenés una plaza al lado.

lunes, 1 de mayo de 2017

Anoche

Anoche me acosté tarde.
Envolví la cabeza en la almohada y escuché el primer tiro.

Seguí atento el trayecto de un auto.
Silbaba restos de cordones con un trazo filoso.
Recreé un mapa del barrio -ese barrio nocturno posible-
acorde al sonido cuanto más cercano parecía.

Otro tiro más cercano.
Un peatón en la madrugada embestido por el auto volando contra alguna casa,
o el coche puesto contra un poste con los chorros como crash test dummies
clavados en un sueño atroz contra el airbag.

El zigzag se puso más violento,
tomó distancia del zumbido de la autopista,
un coro lateral que se agotaba junto a los sonidos de mi casa.

Imaginé la escena: los tipos del auto se estacionarían violentamente en la puerta de casa
Me agotó pensar mi muerte y tener a la inseguridad como agenda antes de estar inconsciente.

sábado, 25 de marzo de 2017

Niño pobre


Dedicado a Domingo, esté donde esté.

Es tu canción.
No hay forma más cursi de evocarte que siguiendo su entonación
con el sonido motorizado de tu ronroneo en estéreo.
Hoy me puse mal mientras arrancaba brotes espinosos de tu arbusto favorito.
Necesitaba verte ahí trepándote con toda tu euforia,
esa velocidad potencial con la que te llevabas puesto todo.
Quería verte ahí, cómo te enredabas al follaje de las ramas
como el T-Rex de la primera Jurassic Park emergiendo por primera vez en la pantalla.

Porque puede sonar frívolo de mi parte -lo sé-, pero siempre me pregunto:
¿a dónde van los gatos desaparecidos como Winston y vos?
Sé que no a los vuelos de la muerte, pero sí víctimas posibles
del veneno de la maldad de los vecinos,
de manos apropiadoras,
o sucumbieron, quizás,
a bocas desgraciadas de perros o aves mutantes rencorosas.

Extraño tus mordidas a mi frente y a mis piernas, tu cuerpo desplomándose contra mis pies,
tus lamentos extendidos como suspiros que indicaban tu vejez prematura,
extraño que seas mi despertador en el medio de la madrugada y me dejes a la intemperie.
Extraño tu hambre invasiva al momento de cocinar y comer, robando como niño pobre que sos.

Lee también te extraña.
Te llora en la entrada del jardín,
te espera por las noches y duerme en tus rincones.
Extraña recrear escenas homosexuales con vos, esas de amor con persecuciones, lamidas y mordidas.

Te extraño y te amo mucho,
sos un forro por irte un viernes sin despedirte, por presentarte un domingo a la noche.
Porque vos llorabas esa noche y esta noche, soy yo quien no sabe llorarte,
no sé qué hacer con esta angustia de que ya no vivamos más juntos.

jueves, 2 de febrero de 2017

Sierras y cigarras



El sonido del aserradero combinado, solapado al canto de las cigarras.

En realidad, es el ruido de sus alas durante el proceso de apareamiento. El manoseo embarcado que se expande sobre la corteza de las ballenas cogiendo en Puerto Madryn: turistas instagrameando el semen cetáceo.

La siesta no emite sonidos, admite manoseos. Trato de evitar el apareamiento con el sudor evaporándose entre las sábanas.

Es verano, de otro modo sería imposible describir esto; pensar en quienes dicen a menudo chicharra. Admitir la cadena de sonidos asociados con tanta perfección, descartando al aserradero. El olor a orín impregnado a los trozos de madera que vuelan sobre la medianera. La excitación de los chicos en la terraza revoleando fruta podrida. Los ruidos de la pelopincho vaciándose.