sábado, 21 de octubre de 2006

Estaciones de servicio

Señor G (entrevistador): ¿Y de dónde surge esa necesidad, ese amor constante por las estaciones de servicio de cualquier tipo?
Jan: Me da una sensación repentina de viajero, quizás haya consumido muchas películas americanas de carreteras, estaciones perdidas en el medio del desierto y tenga esa idea tan arraigada. Eso me recuerda que siempre tuve una fantasía mediana con ser conductor de camiones...
Señor G: También tiene vocación de camionero, por lo que veo. No había notado eso antes...
Interrupción por un momento, se acerca una mesera y le sirve un café cortado al Señor G y levanta el plato con las migas de un tostado de Jan.
Jan: Ya le decía, no es tanto como una vocación, además nos estamos desviando del tema. Creo que forma parte de la idea global de un hombre solitario, quien es amante de la noche y esa impresión de sentirse refugiado a corto plazo, en una estación de servicio, como es mi caso. Es llegar a un lugar totalmente anónimo, no como casas de comidas en serie, me refiero a una estación decente, o no. Con sus sillas, quizás la chica que atiende detrás de una barra ínfima o enamascarada por barras y bloques de golosinas, atados de cigarro y snack. Después, sentarse y olvidarse del mundo te concede una ocasión inmejorable, demostrando una despreocupación total por el todo. Es una nada accesible a todo el mundo, donde podés escuchar conversaciones ajenas y esporádicas, o recluirte en dibujos, bosquejos, garabatos, lecturas con café o una poesía reflexiva. Podés enamorarte en una estación, procrear e incluso sociabilizar, ir acompañado. Los taxistas saben bien de eso, pero su caso es otro tema, muy diferente al mío. O similar, desde cierto ángulo, pero no me importa.
Señor G: Bien, cobra sentido ahora que lo pienso. Todo un manifiesto, pero ¿no cree en que es un espacio un tanto artificial, inhumano, comparado con la calidez y el despliegue barrial y cotidiano del bar?
Jan: Gracias (a la camarera que le alcanzó un vaso con agua). Podés verlo inhumano, como decís, yo lo veo anónimo. Algunos tienen elementos tecnológicos más avanzados que otros, como aire acondicionado, mesas constantemente pulcras e incluso góndolas como si fuera un supermercado. Te podés encontrar enfrente de un muñeco de peluche de dos metros mientras fumás un cigarro. Es impredecible y todo el conjunto genera un ambiente que puede ser ligero, con música de fondo, en general radios comerciales que dejan de ser irritantes. Eso lo condiciona el espacio, la ciudad, la empresa de la estación. No tiene importancia para mí. Obviamente opto por la que tiene aire acondicionado en una tarde de verano húmeda, porque soy una persona calurosa, que sufre el calor y además, mis glándulas sudoríparas aprecian mucho lo llamativo, las manchas poco estéticas en las remeras, camisas, lo que sea. Partamos de ésto, sigue siendo ese espacio para el viajero, una parada en medio de un viaje, un parate. La función persiste, la superficialidad del espacio no tiene importancia.
Señor G: Queda claro, continuemos.
Jan: No tengo motivos para detenerme. ¿A usted le gusta esta estación?

Les yeux sans visage



Un bonito cuadro de Daniel García, a quien estuve visitando recientemente en su blog.

viernes, 20 de octubre de 2006

Cuando Marco Polo se alejó de Kronos

-Tus manos tiemblan sobre el tablero, continuemos con mis relatos sobre las ciudades, Gran Khan. Quizás retornes a tu sosiego habitual con tu imperio sin confines, limitado por el absurdo atlas que escondes de tus visitas codiciosas.
-Hace siglos que estoy oyendo tus relatos, hojeando en tus pupilas las ciudades más asombrosas que mi imperio podría haber engendrado; siento que si salimos de este cuarto, nos encontraremos al amparo de un cielo azorado por avances humanos que no hemos visto por nuestro recluimiento en mi salón, meciéndonos en las hamacas y platicando sobre ciudades que sólo creo que están en tu imaginario confuso, pero tan bello, caballero veneciano.
El mirro se quebró contra la tapia que enfrentaba a la gran biblioteca y subió hasta el cielo raso, envolviendo de un espeso humo todo el cuarto. Khan seguía absorto en su jugada que parecía tener la eternidad del duelo.
-Si salimos, podremos encontrarnos con que el tiempo avanzó sobre nosotros, nos traspasó y derribó sin que figuremos esa posibilidad. Es la primera vez que vislumbro esa idea, desde que el reloj de arena se vació por el desuso. Adoptemos una decisión, enfrentemos nuestro destino, debo seguir mis viajes por tierras que reclaman mi presencia, puertos que sólo aceptan pasajeros que lleguen para jamás volver, metrópolis de muertos cubiertos de amados laureles en sus cuerpos. Temo encontrarme con la desaparición total de mis ciudades tan estimadas, suscitado por la caricia espectral de los tártaros difuntos resentidos o bajo al aliento pestilente de algún demonio del este.
La sala quedó estática, concentrada en la mano del Gran Khan que tomaba un alfil entre dos dedos, con sigileza. Y sus manos hablaron.
-Antes, prosigamos con nuestro juego. Si tan sólo existiéramos nosotros dos ahora en el mundo, debemos cumplir nuestras deudas antes en el tablero para limpiar el pasado de sentencias.

sábado, 14 de octubre de 2006

Experiencia cercana a la muerte (rozando lo obtuso)

Lo siguiente es a pedido del público, a quienes debo la existencia de este blog tan particular que lleva años de vida a merced de las genialidades más grandes que pueden ocurrir en los suburbios de Sarandí y tierras aledañas, para extenderme a experiencias universales sin salir de la puerta de mi casa, mejor dicho, la de mis padres. Estimados lectores, lamento decir que no tengo nada para escribir, porque últimamente no considero que sea escritor, ni tener la autoridad necesaria para escribir intentos de poesía acá; tuve en mente un poema interesante que no puedo dedicarme a escribir por la impotencia que me genera la idea de que jamás podré llegar a ser un poeta bendito.
Sin embargo, a todo ésto, quería narrar una situación simple que me llevó a estar cercano a la desesperación y cumplió una de las fatalidades (sin destino de obituario) que siempre tuve respecto a un instrumento tecnólogico de desplazamiento vertical: el ascensor. Recién, ante la resistencia de una puerta a ceder para que pudiese entrar, recordé la situación de la semana pasada en la que me vi cagado en las patas, para ser claro y ejemplificar escatalógicamente. El ascensor de la universidad en la que trabajo no abría sus puertas, cuando intentaba con una serenidad llena de espanto, abrirlas viendo que no bajaba a planta baja. Ante los intentos, empecé a golpear la puerta, viendo que el dispositivo del que siempre desconfié -particularmente de este cubículo- me estaba desafiando el pánico. Un hombre se acercó, podía ver a través del vidrio borroso una figura, entonces el ascensor bajo unos metros y volvió a detenerse, esta vez en un entrepiso y para mi vértigo espacial dimensional, no podía ver más que una pared por el vidrio, lo que me hacía pensar que quedaría encerrado con ese panorama durante horas y la única forma de que alguien se enterase que estaba encerrado en el ascensor era por medio de un llamado de mi celular, el cual tenía en mi temeroso bolsillo derecho.
Pero observen lo que son los mecanismos primitivos hiper rudimentarios como éste al que debo mis letras, que debía apretar con mis fuerzas y ruegos el botón 0 para que bajara unos metros, y se deteniese. Así que sistemáticamente, procedí de esa manera hasta llegar a planta baja, bastante sofocado por el encierro temporal.
Después me crucé a Tony, cuando pasé nuevamente cerca del ascensor, que me advirtió sobre el mal funcionamiento del aparato. En fin, agradezco que se haya hecho realidad un miedo idílico que llevé en mi alma durante tantos años. Al menos no la pasé tan mal, tengo que confesar que hubo momentos en que me sentí muy tranquilo, eh.

Voila!