sábado, 14 de octubre de 2006

Experiencia cercana a la muerte (rozando lo obtuso)

Lo siguiente es a pedido del público, a quienes debo la existencia de este blog tan particular que lleva años de vida a merced de las genialidades más grandes que pueden ocurrir en los suburbios de Sarandí y tierras aledañas, para extenderme a experiencias universales sin salir de la puerta de mi casa, mejor dicho, la de mis padres. Estimados lectores, lamento decir que no tengo nada para escribir, porque últimamente no considero que sea escritor, ni tener la autoridad necesaria para escribir intentos de poesía acá; tuve en mente un poema interesante que no puedo dedicarme a escribir por la impotencia que me genera la idea de que jamás podré llegar a ser un poeta bendito.
Sin embargo, a todo ésto, quería narrar una situación simple que me llevó a estar cercano a la desesperación y cumplió una de las fatalidades (sin destino de obituario) que siempre tuve respecto a un instrumento tecnólogico de desplazamiento vertical: el ascensor. Recién, ante la resistencia de una puerta a ceder para que pudiese entrar, recordé la situación de la semana pasada en la que me vi cagado en las patas, para ser claro y ejemplificar escatalógicamente. El ascensor de la universidad en la que trabajo no abría sus puertas, cuando intentaba con una serenidad llena de espanto, abrirlas viendo que no bajaba a planta baja. Ante los intentos, empecé a golpear la puerta, viendo que el dispositivo del que siempre desconfié -particularmente de este cubículo- me estaba desafiando el pánico. Un hombre se acercó, podía ver a través del vidrio borroso una figura, entonces el ascensor bajo unos metros y volvió a detenerse, esta vez en un entrepiso y para mi vértigo espacial dimensional, no podía ver más que una pared por el vidrio, lo que me hacía pensar que quedaría encerrado con ese panorama durante horas y la única forma de que alguien se enterase que estaba encerrado en el ascensor era por medio de un llamado de mi celular, el cual tenía en mi temeroso bolsillo derecho.
Pero observen lo que son los mecanismos primitivos hiper rudimentarios como éste al que debo mis letras, que debía apretar con mis fuerzas y ruegos el botón 0 para que bajara unos metros, y se deteniese. Así que sistemáticamente, procedí de esa manera hasta llegar a planta baja, bastante sofocado por el encierro temporal.
Después me crucé a Tony, cuando pasé nuevamente cerca del ascensor, que me advirtió sobre el mal funcionamiento del aparato. En fin, agradezco que se haya hecho realidad un miedo idílico que llevé en mi alma durante tantos años. Al menos no la pasé tan mal, tengo que confesar que hubo momentos en que me sentí muy tranquilo, eh.

Voila!

3 comentarios:

  1. el rufian melancolico10/14/2006 11:26 p.m.

    a partir de ahora dejará de ser un miedo idílico aunque seguira siendo un miedo edilicio. perdon es malisimo el chiste. tenes razon fer, es un avance tecnologico macabro. en el infierno debe haber lugares muy parecidos. paradojicamente un relato de este tipo puede ayudar a promover la vida sana y deportiva,¡ subir escaleras corriendo quema muchas calorias!

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  2. mi puchirrin...pobleshito
    te imagino aparentemente tranquilo, pero nervioso, transpirando, no te creo que te sentiste tranquilo, jeje, beso!

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  3. Me cagué en las patas, pero creo que como fue tan corto el tiempo que estuve encerrado, puedo hablar de tranquilidad, aunque sea mentira. Mi tranquilidad habla de no llegar a la desesperación absoluta...
    Malditas ascensores!

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