viernes, 30 de noviembre de 2007

Remedios



Finalmente, se dio la oportunidad. Por dinero, iniciativa, espacio y creatividad. Entre algunas de las inversiones que hemos proyectado con Mongo Aurelio para este mes, está lo que pueden ver en estos momentos: una pintura hecha en acrílico con retoques en fibra (cómo extraño las pilot) que se llama "Remedios", lo cual es un metahomenaje, porque involucra a una escultura que había comprado y pintado que era para mí una figura propia de la artista mexicana, Remedios Varo. Al haberla roto en un momento de destrucción que viví en el 2005, quedaron las piezas girando por el aire hasta volver a tomar forma y materializarse de algún modo, como en esta pintura. Así que el frontlight del cartel publicitario que llevaba añares en mi vieja pieza en casa de mis padres, pasa al garage de mi nueva casa ya sin el calvo taciturno que llevaba como portada. Veremos cómo queda, aún falta gestionar con la gráfica y ultimar ciertas cuestiones, sobre todo las económicas.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Los escupitajos del hijo de José

Digamos, son fuertes.
Apenas comienza la mañana,
irrumpe mi silencio un escupitajo propinado por el hijo de José.
Decían que se había mudado a Domínico
con su pareja y el bebé que tuvieron
también está Lautaro, el hijo de ella, que para mí es sólo ella.
Mentira, porque siguen acá.
Escupe desde temprano, como dije, juuuuuuuuui
o juuuuuuuuussssi, capaz quiere decir juuuuuseeeeeeeeee, José,
u otra onomatopeya, pero lo cierto es que soy malo para adivinarlo.

José es carpintero; vive al lado con ellos y su esposa
también con sus tres gatos -llegó a tener quince según sus cuentas- y su perra Ana, y las otras dos
enanas y feas; una ciega, lo que no la hace más fea, sino que le tenga compasión.
Por ello, no llega a ser horrible.
José está inundado de trabajo, siempre entrega todo fuera de fecha,
se atrasa, lo encrispan la suba de los precios del material, las quejas de los clientes.
Critica, chusmea, pero no escupe.
Sí escupe su ayudante, no el paraguayo, otro, que siempre usa gorra.
Escupe la pareja del hijo de José, e intuyo que hasta el pequeño Lautaro,
sacándose el chupete que ya le queda pequeño, y escupe.

A la noche, cuando cae el sol, es un concierto de escupitajos propio del Colón
y no quiero imaginar la flema, mezcla entre fluidos viscosos, nicotina y cerveza, yendo hacia el cordón.
Se juntan más, amigos, vecinos, y todos recitan sus escupidas, declamando amor.
Creo que combaten y riñen por cuál es le mejor, el más sonoro y virtuoso en la disciplina.

Desde los cuartos de adelante de mi casa se escuchan los escupitajos del hijo de José,
el carpintero, de la esposa del citado hijo, de sus amigos y allegados.
El viernes, es fiesta. Están todos en la puerta de su casa.
Otra que la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires.
Éstos sí que saben.

Click!

Se me ocurrió una idea. En estos días, cuando me siento inundado por un aluvión de lapsus creativos, tuve una idea metiendo la pata en la fuente con Mongo Aurelio -mates incluidos para el brote de inspiración-. Será un poemario, y como todo lo que escribo, será terminado a largo plazo. Tendrá que ver con animales, insectos, plantas y fenómenos que experimento en mi nueva residencia, junto a mi querida convivente, la ya citada. Ya está, si no se da, será porque lo quemé acá. Sientanse culpables.

La ruta de hormigas

La ruta de hormigas habla por sí misma
describe una silueta
después sigue, trazando una curva femenina
y le pierdo el rastro.
Continúa tras los pastos largos
sobre la pared blanca contrasta
pequeñas hormigas rojas.

Me bajó el pantalón y les echo un chorro de meo
el líquido -un amarillento apagado- se esparce sobre ellas.
Caen, gritan e insultan, todo en voz baja.
Están todas esparcidas por el piso de tierra, inquietas
huérfanas
perdidas
buscan entre el olor a orina el camino,
la vuelta al hogar
y el sol se hace diminuto frente a ellas.

La ruta vuelve a colmarse, prolijamente
un solo andén como dibujado por Brunelleschi
muy prolija.
Me recuerda a cuando era chico y las mataba
una a una
diferenciando las jerarquías.
Sólo quería llegar a la reina
y convertirlas en hormigas anarquistas sufridas
apatriadas, acefálas, inmoladas las luchadoras muertas frente a mis manos
hiperquinéticas, asesinas.

Las despedazaba con ramitas y las atravesaba
hasta que me temían
pero esas eran hormigas negras, más temibles
éstas en cambio son rojas, pequeñas
débiles
de las que deambulan mareadas en tus brazos, piernas
cuando las mojás o pisoteás.

La ruta vuelve a la normalidad.
Las miro y ya no me molestan
ahora parecen una cadera de cubana
o una nariz prominente
y se alejan por la pared para irse del otro lado,
por el níspero y sus frutos rancios,
hedonistas.