20/9/10

Ponele

Algo así, ponele que vamos a poner onda. Todo es amor. Todo es lindo. Muy lindo. Ponele que así, todo va a estar mejor.


2/8/10

Los rabiosos


Echan espuma, echan sangre.

Rabia.

Rabia!

Entre más pienso esa palabra,
más la siento arder por dentro.

Rabia que se esparce como copos de nieve
decorando el villancico de los niños,
reunidos en torno a un fogón de camping,
ellos, los rabiosos,
les escupen borbotones de sangre.

Esa música siniestra,
repleta de todo el terror que ni una infancia
de películas de monstruos pudo proporcionar.
Esa música suena en mi viaje
mientras veo a los rabiosos
blasfemando las vitrinas de tiendas caras,
organizando festines en sus peregrinaciones,
devorando las capas de piel de monjas,
monaguillos,
chicxs scout,
adolescentes rockers cristianos.

Los rabiosos en fuga.

Echan espuma, echan sangre,
sangre y espuma,
ante el glorioso y coagulante ícono de la vírgen Luján.

26/7/10

Todas las dentistas son lindas






                                                              
Mis dentistas son altas, lindas, alumnas
de otra que debió ser un centelleo
de belleza juvenil y todavía
tiene una sonrisa encantadora. ¿De dónde
salió esta raza? ¿Es otro mundo?
De algún modo, nada menos que una clase
social reproduciéndose. Me torturan
con delicadeza infinita, dedos finos
envueltos en látex. En los momentos
de dolor más álgido, empiezo
a pensar cómo serán sus vidas y cómo
se acostumbra uno a sufrir en beneficio
de una meta diferida. Escucho
el kitsch musical que no perdona
a nadie. Especulo sobre la habilidad
manual de una profesión que acaso garantiza
un mínimo imaginario de nivel
en la escala onírica de la economía,
aunque sea tan servil, húmeda, monótona
como el trabajo del esclavo para que goce
otro. Y así de a poco en esas tardes
me adormezco y olvido los pinchazos.
No es valor, apenas una respuesta
a la agresión intermitente y prolongada.
Pero yo puedo entender o acordarme
de su cuerpo flaco con la mitad
de lo que pesa ahora, abrochado
a una camilla móvil en la máquina
que filmaría un líquido fosforescente
atravesando los canales de sus órganos
diminutos y tan sólo a dos meses
de arrancar. Puedo verlo todavía llorar
por la inyección del material radioactivo
y cansarse después, cerrar los ojos,
dormirse mientras el aparato del infierno
movía ejes mecánicos y prendía
dispositivos electrónicos. No precisaba
valentía: resignación al presente
por un bien que no está ahí. Yo sí,
y no la tenía, no la quería, pero igual
no se me escapó el grito. Laocoonte
habrá llorado cuando las serpientes
sombrías lo apretaban, aunque no
por sí mismo sino por sus hijos. Era
absurda la condena, sin sentido, casi
estúpidamente divina, y en el instante
en que el aullido enorme parecía
pronunciarse en sus labios, apretó
los dientes y decidió morir como una estatua.
Al bebé le rodeaban el cuerpo los abrojos
de una tecnología cada vez más necia
y soñaba en su belleza inaccesible.
Así son, ahora, mis dentistas, que ignoran
la existencia del mal. Se dedican
a su oficio y no imaginan los tristes
pensamientos del paciente. Despreocupadas
tararean canciones, hablan solas,
y como mi hijito, perfectamente
saludables, se ríen ante el más pequeño
de los gestos que algún otro les hace.


10/7/10

Crimewave


Después de todo, uno siempre logra alcanzar el Gran Diseño aunque nunca sepa bien de qué se trate realmente. Sam Raimi es una usina de anarquía; demuestra que el gag de Keaton sigue vigente y el humor negro es una condición necesaria para nuestra existencia. 

14/6/10

D-63



Oh sí, por los conductos de la salvación
brilla una pequeñísima tuerca
revestida de color de baños de soda cáustica,
bronce de segunda calidad,
y así usted llega al portal de la cocina:

La cocina de terminación,
la cocina de Abel,
y su dueño, Abel.

Duerme entre sus santos junto al tablero de electricidad
Gauchito Gil desteñido y a la sombra de San Cayetano,
sus vírgenes ahogadas en resina y cola vinílica.

Todo ello, en los baños de vapor en la cocina, entre los conductos podridos
que alguna vez terminan en máquinas continuas textiles.

Descarga su magia - la del Picci -
que rasca las paredes como felino
con la inscripción de su apodo
y el color de noches de éxtasis de horas extras.

Allí, señores, donde antes funcionara un viejo baño,
Abel se torna una bestia.

Se despoja de sus elementos de seguridad
sus guantes,
sus botas,
sus protectores auditivos,
sus botines de seguridad.

Allí, señores, comienza a revolcarse entre la mugre de la tintorería
colmando su rostro de miseria y locura de baños.

La cocina hecha vapor caliente:

lo desintegra,
llena de cáncer su espíritu

su cuerpo, muta a una simulación de Tolkien
de asquerosidad Gollum.

Sólo puede salvarlo lo siguiente:

"  Salgo por la puerta de la cocina
veo de refilón los techos de chapa de Varela.
Me cebo unos mates amargos mirando mi perennifolio,
aquel, sepan ustedes, que he rescatado de las fauces del Parque Pereyra
y ahora
y desde hace 27 años, 
se mece entre mis manos
en un tacho de basura.


Le sirvo un mate entre sus hojas para que brille un poco más de vida  ".