
Cuando muera
cremen mi cuerpo
hasta que las llagas de mis manos
sean humo
capturado por picos pequeños
de diminutas aves hambrientas
confundidas
desorientadas
en la inmensidad del cielo de Lika-Senj.
Las cenizas
deberán volcarlas prolijamente
en un barquito de papel pequeño,
hecho con una hoja oficio,
preferentemente.
No me gustaría estar envuelta por papel de diario,
debo estar,
en lo posible,
inmaculada.
Nada de destinatarios, referencias ni garabatos
escritos en apariencia,
como si se tratase de un borrador.
Lo arrojarán al canal central dos buceadores
profesionales
muy responsables, en lo posible;
lo prenderán fuego con cinco cerillas.
Una vez pasado el puente
mis queridos señores vestidos con escafandras
deberán permanecer muy muy muy cerca del barquito
ardiendo,
soplándolo suavemente
como una caricia dulce
hasta estar totalmente seguros
de que llegue el último resto de mi existencia
al mar Adriático.
De todas formas, no debería hacerme problemas.
Soy inmortal.