martes, 30 de octubre de 2012

Gallinas voladoras



Existen algunas de variadísimos matices de colores, y su tamaño oscilan desde un poco más grande que un canario hasta otras que alcanzan el de un gallo de riña
Los hábitos de nuestra montera son similares al del resto de sus hermanas de especie; por un lado son monógamas, es decir que esencialmente eligen a su pareja en forma definitiva y por otra la construcción del nido la realizan precariamente.
La postura en la mayoría de estas aves es de dos huevos blancos, pero un limitado número de ellas los pone de color tostado o crema.
A diferencia de otras aves, las palomas monteras hacen la incubación cambiada: de noche la hembra y de día el macho. Cuando toca el cambio, el macho arrulla y gira sobre el mismo lugar. Por lo general lo hacen dos veces al día, al amanecer y al caer la noche.

Esta primavera, además de la sorpresa de contar con un panal enorme de abejas asomando sobre el jazmín, descubrimos el sábado un nido y sobre él, una paloma montera macho incubando. 

Hace semanas rondaban por el jardín desde diferentes ubicaciones. El alerta mayor sobre su posible anidamiento fue las veces que sorprendí a la pareja tomando restos de maderas del pasto, o el ruido ensordecedor del aleteo chocando contra la robustez de la glicina. En la noche ese sonido podía potenciarse como para suponer la llegada de un vampiro desde algún espacio del cielo hasta tomar su aparecia humana en la tierra.

Una hermosa bienvenida a las palomas monteras y su descendencia en Espora, donde ya salieron volando pequeñas torcazas y zorzales entre otras aves con las que compartí el hogar en primaveras y veranos anteriores. 



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