miércoles, 11 de enero de 2012

Rescatate, gato


Nunca se me hubiera ocurrido, si de aventuras proyectadas desde la tierna infancia hasta la actualidad se tratase, que un día como hoy estaría durante horas subido a una escalera tratando de simpatizar con un gato siamés incrustado entre medio de los nudos y ramas de las glicinas, atrapado con el miedo arraigado en las uñas y la corteza del arbusto. Mucho menos que trataría de manipular sus ecónomicas y poco arriesgadas andanzas con una escoba y ofrecerle como vía de escape una maceta gigante. Ni manguerearlo exhaustivamente para obligar que sus movimientos lo lleven hacia alguna medianera. 

Muchísimo menos que horas más tarde estaría en la terraza de mi casa junto a mi padre usando un lazo armado con cable de video para atrapar el cuello del siamés en cuestión, que estaba empapado y miraba cómo errábamos los tiros con indiferencia (o resignación absoluta). Mi padre, emotivamente, recordó hazañas de westerns en el acto y me comentó que justo ayer había vuelto a ver Por un puñado de dólares

Cuestión: a través del proveedor mayor de rumores barriales (mi vecino el carpintero José) di con el paradero del dueño del gato que es ni más ni menos que el querido José Ignacio, eyector de pelotas de tenis maltrechas, pelotas de fútbol, dinosaurios T-Rex / muñecos varios y ahora, gatos siameses.

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