jueves, 20 de marzo de 2008

Tinta de calamar



Todo se sucede sin pausas.

Primero el accidente en la gran avenida.
Dos carriles,
un auto y un halcón asesino.

Eso bastó.

Los vecinos me recuerdan al verme:
Sobreviviente,
el que quedó de la tragedia.

Después más autos, colectivos y edificios.
Montserrat en su totalidad y con ella
los paseos bajo la sombra del Bajo.

La tinta de calamar no cesa.
El aire está más acartonado y los años pasan.
La ciudad es una bola con copos expansivos de nieve que se agitan
mientras la sacudo entre mis manos exploradoras.

Después vino el exilio al sur
la sanación que me mantuvo cautivo
bajo un cielo diferente,
sin la tinta agresiva corrosiva, dañina.

Los túneles.
Los oscuros orificios, arterias de la ciudad,
yugular donde todo vampiro quiere hundir sus colmillos
y beber sin respiro.
Los subterráneos habían llegado y allí estaba yo.
Viajando en ellos con mi uniforme risible
anotando digresiones con tinta,
más tinta
que ya no sabía de dónde salía.
Vaho poco confiable entre estación y estación,
poco consistente su encanto
su razón.

Después vino el nuevo exilio,
la reclusión en un perímetro peligroso
pero más seguro para mentes débiles,
más cómodo.

El tiempo cura todo,
menos los duelos.
Y el miedo a la ciudad.
La tinta negra que se expande sobre la hoja
la escupen los colectivos,
los edificios de Congreso
y los ancianos con sus bocas demasiado ocupadas
demasiado pensativas en sus cafés a medio beber.

Sin mencionar el colorido de los turistas que no entienden nada,
las pintorescas faunas de adolescentes y demás orgías ambulantes.
Olvidar quizás el espanto colectivo,
los enjambres humanos lacerados
como puzzles, como piezas de tetris.

Nunca encajan.

El mejor momento es el amanecer.

Una calandria degolla una bandeja de plástico en la calle
sacudiendo las sobras de carne picada que se aflojan entre la grasa.

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