jueves, 7 de julio de 2005

Mañana avícola

Arisco es el viento que se reclina en la noche.
Ella; sólo en ella, las paredes devuelven frío todo aliento.
Pero quién,
desmerece la presencia de un príncipe tan bello,
sino es la fauna ausente en las casas.

Se oye el canto del ave errando la luz de la aurora
allí van.
Las gotas se reproducen
en cada figura pétrea sin victoria,
como los granos de arena en las maletas de viaje,
ocultos.
Como cada recuerdo forastero de su propia traducción.
Cada acto, un manantial de ideogramas tan foráneo como su propio dueño.

El príncipe, con sosiego de mamífero oceánico,
revuelve sus cabellos y señala al suelo.
Cristal de una batalla frustrada que se repite, así como el silencio.
-Amparo a estos pies, despojo del cuerpo-

Muere la última gota en boca de aquel caballero
y no mucho más, hasta que retornen los caballos y el establo.
Los reyes y el peón noctámbulo.
El príncipe, es luz de la ribera.
Y el gallo acierta su canto esta vez alzado en la ligustrina.

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