sábado, 22 de enero de 2005

Principio Único

Tan ancianas fueron las noches en que me desvelaba,
buscaba el color del principio Único en el cielo raso
y me detenías con tus manos y volvías al sueño.
Indagaba a los paraísos y espinillos el color del sacro movimiento,
mientras tomabas el delineador con tus pequeñas manos.
Recorría con mis yemas las cortezas envueltas en mis manos,
era verdor. Verdor genuino de las copas frondosas en el cielo.
Jugabas decorando tus pestañas con la paciencia de la belleza,
efímera en el calor cuando la escurría el sudor de tu frente.
Al llanto, tiraba mis manos y al piso una pequeña verdad
el bosquejo del ayuno en mis labios, y el principio Único,
moviéndose entre nosotros sin color.
Oramos, porque lo hacemos en vano, desconozco el matiz universal de tu vida,
entonces me hundo al pasaje de los bosques.
Estamos en comunión, nosotros, los ignorantes, exhibidos a los ojos más dignos
entonces parimos de nuestras pechos el sagrado desconocimiento.
Tus ojos me miraban pintados, tu caja de maquillaje a tu lado.
Caminabas como una niña y sólo volteabas al espejo
allí nos entregábamos a mirarnos. Te dabas a mis ojos, ya en blanco.

Tu falda estrecha se salpicaba para los ojos maduros como lanzas,
ese rostro cual muñeca, aún eras una niña de pinta.
El principio Único resplandecía en mis palmas, sin la frescura del color,
ni el del Cielo ni el de las estrellas. Tampoco el de las aves ni las mareas.
Era el color que jamás reconocí en tus pupilas, pintados tus ojos de niña.
Tan niña, yo burlaba a la vida.

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