miércoles, 6 de octubre de 2004

Jardín de altares violáceos

En estas páginas mueren Dioses y hombres en la fragilidad literaria que fundó mi ser. Esta es la caída al terreno de los ciclos de las muertes, de unidades de pensamientos sin un interés expreso. Una obra desinteresada que vive por sí misma.
Calla y descansa, ilustración del crecimiento interior. Con estos lexemas, muere parte de mi vida. La ofrendo a sus pechos, sus ojos serán vasallos. Serán la vida que deseo adorar.
Devoción sin dueño, sin Luna ni Sol. En esta paulatina iluminación coexisten los pesares de las nubes del dolor. Así doy mi vida, que murió en este jardín de altares violáceos.

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