miércoles, 10 de mayo de 2006

El empleado, el tren y el pez

Mi vieja bitácora dice acerca de un mediodía en el andén
cinco de Berazategui,
que se plantó un pasivote empleado de una factoría textil.
La voz de la estación magullaba cualquier verbo sin discriminación de valores, ni siquiera hace falta imaginar, pero intentó vociferar que habría un retraso y que el quejado moviera el trasero.
Pero ante semejante planteo, se detuvieron los trenes y me topé con una fila que me fajaba de a poco y me hacia masticar unas cuarenta colas de nalgas abultadas.
Chillaba un viejo que decía haber sido un puntero importante del Docke y me tapaba la vista un chongo que andaba con la correa suelta silbando hacia el otro lado de las vías.
El empleado, que a esa altura estaba encallado en el fierro soldado con el aggiornado punto de una modista y con la frescura de un telar fino, transcribía su rabia en un papel.
A saber, tuve la dicha de leer el flamante mensaje y parece que a causa de un pez del cual había estado enamorado -el empleado, no yo- estaba todo el proletario viajero y algunos extraños paseantes varados en el puesto sureño. No se mencione los lúmpenes que estaban con el olor rancio de la tarde colgando como baba de la comisura de sus labios.
«Suba, Alfredo, que la mufa se pasa»
¡Qué conducta, che!
Agrego, porque me gusta aclarar y oscurecer todo de un solo plumazo al papel, que el mencionado pez, del mencionado señor, había sido víctima de un rapto de furia de la esposa celosa que se lo había quitado y desmenuzado, servido al vapor, ante un presunto “affaire” con el taxón parafilético.
El tipo seguía violento, con la frente como una marquesina de los años 40 con café derramado entre medio, desafiando la sensibilidad de su público. Amenazó con su vida para que se le entregara en mano y celofán algún otro fetiche animal, fácil de seducir y en lo posible, inodoro. (y cerró la boca y se cruzó dándole la espalda peluda con baches de cera a su respectiva audiencia que se escondía en la sombra de la garita del quiosco de diario)
La esposa Grrrrr Arggg Hmmmmmm venía vomitando con lexemas de permiso a dos enajenados gringos y se salteó a como quince mastodontes hasta llegar a las branquias de su marido el textil. Le revoleó una piña en el entrecejo y lo dejó mirando el infinito que se iba por las vías del tren junto con un antídoto de brócoli druida que envolvió sus fosas nasales.
Después, pidió un perdón popular por su concubino y se retiró con los glúteos bailando como odaliscas a efecto duro lisérgico.

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