viernes, 25 de febrero de 2005

De ojos vivos

En sus ojos, no vi más muerte que en mis manos
tal vez esa sea la certeza que limpiaron los aires estivales.
Conversó de su ciudad, acerca de una pequeña filosofía de vida,
puede ser ese un pretexto para aferrarse a la naturaleza,
a la de las tierras, no a la de las palabras.
Nunca se tan pequeña como para eludir los gigantes
ni rememorar las distancias de los recuerdos.

No hubo más amor en sus letras por sus hijas,
que en la entrega ciega de calidez tan humana,
tan humana aquella que los Dioses lloran,
lloraron por su porción de mortalidad al mundo.

De sus orígenes perdidos, entre una morena y un eslavo
Yo, sólo me presté a brindar por su salud, su frágil salud.
A manera de canto a la vida,
defenderme así de los encuentros oscuros de la vida.

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