miércoles, 8 de septiembre de 2004

requiem de vida

déjame enseñarte
el sirviente moreno, oculto en un rincón
vociferando en el silencio del salón
dormido en las horas de la tarde

la niña de cabello blanco sonrió
con ingenuidad, cierto temor inculcado
dejó un espacio en la silla
y miró al rincón

el hombre apoyó sus dedos sobre las teclas
sonido más hermoso, cual conducen tus dedos
y con su mano sobre la ínfima y pálida de la niña
tocando cada tecla, saboreando las notas

un requiem de vida, te enseñaré si me permites
cada sonido, será el de la vida de un ser amado
cada alma que siento en todo momento, será música
en una misma composición, en ésta que haremos

la joven sonrió y dejó ver sus ojos azules
estaba delgada y su cintura atada por un lazo rojo
llegaba hasta sus rodetes en su cabello blanco
reía bajo la seriedad y respeto de su maestro

melodías que no olvidarás en tu vida, pequeña
cuanto sol y lunas hayas visto, comprenderás las personas que pasan
esas que ahora suenan entre nuestros dedos, que acariciamos en estos momentos
no olvides nunca ello, tus seres preciados, son música para otros oídos

la ventana comenzaba a apagarse tras el sonido de los ombúes
donde las plantaciones cantaban los hombres negros sus canciones
el piano se levantaba tras los cuadros, como marco salido del grosor de la pared
la niña ingería en su interior los sonidos del hombre
las notas que eran su familia

esta tecla negra que he tocado, es para ti
no olvides a los que su vida ha tomado fin, pues se inclinan también en mis notas
de esta obra que conservarás en tí mientras vivas
tu, mi ama querida

el moreno calló y cesó su lección
los ojos azules miraban su rostro, que se iba tras el rincón nuevamente
la ventana se apagó del todo, en el cuarto de huéspedes
el moreno encendió las velas de la mesa de roble

el establo estaba frío, un acantilado de voces lloraban en las pajas
bajo unas frazadas verdes, el sirviente que se erguía a cantar
sus brazos se extendían por su sitio, arrojando golpes al aire
las paredes de madera quejían por su voz, consumía el canto de los grillos

la niña en estado febril se lanzaba en sus sueños
cual contagio del éxtasis de las melodías del requiem
se apegaba al sudor de su cuerpo, envuelta en las mantas
susurraba en francés plegarias para sus amados

zumbidos entre relámpagos opacos, llenos de furia
los gritos que clamaban vida a los cuatro vientos
en la danza de tambores lejanos que cantaba el moreno
que observaba inquieto el hoyo, tras el que se levantaba la casa de los amos

los cabellos blancos se erizaban contra el viento
entraba por el corredor y se unían junto a su cuerpo

latía el corazón entre tambores y el tempo más veloz
los ojos oscuros enceguecían la luna en los cielos

la pequeña lanzó su último suspiro
voló por el corredor en el fino baile del aire

hasta las manos del moreno, que lo apretó en sus puños
cantó hasta el amanecer, en el establo que respiraba melodías de requiem

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