sábado, 11 de septiembre de 2004

temerosas ilusiones de un renacer

Antes. Ahora, siento a veces mis miedos como la intensa fuerza que se balancea por todo mi cuerpo. Lo toman y se apoderan de él, aniquilando el control de mis sentidos, donde mis ojos se tornan en una bruma que lagrimea escenas por doquiera a medio ingerir. Todos hablan pero mis oídos sólo oyen los latidos de mi pecho, como caen cada sonido de ellos en forma de cuchillas atravesando mi organismo. Me desintegro, contra el suelo, contra las paredes. Soy el caos. Busco el llamado del universo, mi cosmos amado. Disculpeme.
Giro en torno a nada, entre convulsiones de mi respiración desaforada que consume los polvos del aire, la lacra de los seres que yacen muertos e invisibles.
Mis manos, mis pies. Responden a la inquietud de mi espíritu agitado. Me asfixia. Me asfixio, lentamente. Ante la sutil vista de los invitados.
Soy quien tiene un reinado de pensamientos en discordia. Quien llora por dentro la angustia de los años, los fracasos. Quien ríe la desgracia de sentir cómo es morir. Muero una y otra vez, sin poder probar su sabor. Amaría que llegase la muerte, con la diginidad y respeto que se merece. Que este período aborde a su fin, que mi cuerpo lo acepte paso a paso, aceptando el fin de esta divinidad de cantos. Caer totalmente. Ser luz en lo más oscuro del cuarto.
Pero renazco. Una y otra vez. Consumido por mis miedos. Mi asma por respirar. Las contorsiones de las piernas, que se entrelazan para hacerme sentir unido a la prisión de mis temores más ocultos, tras la infinita red de asociaciones mentales. Caigo una y otra vez.
La cama. Mi ojos cerrados y mi aliento agitado. Pegado a la almohada, saboreando la amargura del químico calmante. Me pliego, ante la ceguedad. Destrozando el samsara que me enfrenta con su fuerza desgarradora, invitándome sus luces. A mis ojos ignorantes, que lloran. Que se enceguecen. Que temen. Las imágenes que son el polvo de mis sentidos. Que me hacen perder entre sus ilusiones.
Y renazco, con la calma de quien nace y ve la vida activarse. Con la inquietud de conocer dónde moverse, cómo. Callo. En silencio, despejo mi turbia soledad. Dejo mi cuerpo mover, donde desee. Mi corazón late en paz, bajo su voluntad y fuerza. El temor que se hunde bajo mis puños, llenos de furia y desconsuelo. Veo los rostros de nuevo, palpito la música de las voces. Siento la orientación de mi cuerpo, aferrado al suelo firme que se levanta a todas las miradas comunes. Ya no sobrevuelo, no siento lo blando, lo etéreo que me hacía volátil al aire. Vuelvo a ser parte de la unidad. De la temerosa unidad de invitados. Y miro de reojo a mis piernas.

2 comentarios:

  1. segui renaciendo plis.
    y que las piernas te sostengan o troquen en tus insectos amados ( ciagras, mantis, etc)
    chihiro

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  2. puntual en la medianoche
    seguiré renaciendo como así dicta mi vida, o al menos una fracción de ella. un saludo.

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